martes, 5 de octubre de 2010

Salmo 115

“¿Cómo te pagaremos todo el bien que nos has hecho?
…
¡Voy a cumplir mis promesas, en la presencia de tu pueblo!”


Hoy lo cantamos en Misa.
Y, de repente, me dí cuenta: ¡el hábito religioso!.
Es eso: ‘voy a cumplir mis promesas en la presencia de su pueblo!
Nunca lo había pensado así pero cierra perfecto. El hábito como signo de alegría y respuesta alegre por todo el bien recibido: ¡cumplir mis promesas, mi consagración, a la vista de todos! ¡Gritarlo al mundo entero, porque es cantar el Don de Dios!

jueves, 2 de septiembre de 2010

Vivir en comunidad

Para los religiosos -y no es así para todos los consagrados- nuestra consagración se resuelve , se realiza, o se vive, en comunidad.
Aunque creo que en general no es algo que llame la atención, al menos para mí es lo más difícil y tal vez lo más significativo de nuestro peculiar estado de vida.
Vivimos juntas, en fraternidad, personas que no se han reunido por una amistad, parentesco, afinidad. Fuimos 'convocados'. La causa, centro y motivo de nuestra unión es JESÚS.
Las contemplativas suelen ser comunidades fijas; allí donde uno entra permanece; las apostólicas, en cambio, variamos, nos trasladan de un lugar a otro según vean los superiores.
Creo que la comunidad es el lugar donde más se vive la vida cotidiana -y se manifiesta todo nuestro 'natural', el de cada miembro- y que se hace realmente posible cuando está firmemente basada en lo 'sobrenatural'.
Es Dios el que posibilita y sostiene este encuentro.

Pienso que en el matrimonio, y la familia que deriva de él, sucede lo mismo: la vida natural se podrá dar, sobre todo, si está cimentada en el Don de Dios. De ahí el fundamento del sacramento.
El mandamiento de Jesús, que es el resumen de la vida cristiana, sólo se puede vivir desde la caridad, virtud teologal, don de Dios.

lunes, 23 de agosto de 2010

Del hábito y otras hierbas...

Cada vez le encuentro más sentido al hábito.
Es que como mi deseo profundo -aunque tantas veces no lo cumpla- es anunciar con mi vida que Dios es nuestro Padre y nos ama del todo; y por otro lado cada vez tengo más certeza de mi fragilidad, me alegra muchísimo poder anunciarlo por lo menos con mi apariencia:
Miran y dicen: Es una monja; cree en Dios. Por algo se habrá jugado la vida en eso.

Claro que, para eso, la que viste el hábito debe tener un mediano aspecto de mujer feliz y agradable… Pero con eso me parece que no tengo problema porque estoy bien contenta con la vida.

Quiero decir: si para ser anuncio de este Dios Bueno, que nos ama del todo, tengo que ser primero santa yo… vamos muertas.
En cambio así, puedo anunciarlo a los cuatro vientos sólo con mi aspecto.
Y si me conocen más, podrán ver en mí una prueba de su Amor Misericordioso que nos quiere del todo, frágiles como somos. Y también, ojalá, de mi intento de corresponder cada día más a ese Amor con el mío.

martes, 10 de agosto de 2010

Sólo Dios es bueno (Lc. 18, 19).

Lo dice Jesús en el Evangelio.
Hay un solo bueno.
Nosotros tratamos de serlo, deseamos serlo, pero siempre nos faltará mucho. Por algo todos en nuestras oraciones nos reconocemos pecadores:
En el Padrenuestro: ‘perdona nuestras ofensas…’
En el Avemaría: ‘Ruega por nosotros pecadores’
Los consagrados, religiosos, sacerdotes –y cristianos todos ¿por qué no?, pero de un modo especial nosotros- estamos llamados a testimoniar, desde la certeza de nuestra pequeñez –‘No temas, pequeño rebaño’- la amorosa e inmensa Bondad de Dios.

(A veces nos confundimos y creemos que los buenos somos nosotros, y de esto surge mucha confusión)
¡Ésa, la experiencia cierta de la infinita bondad de Dios, es la causa y la razón de nuestra alegría!

lunes, 12 de julio de 2010

Seguimos a JESÚS


Hoy pensaba que no tenemos que olvidarnos de eso los religiosos -los cristianos todos, pero los religiosos de un modo particular-, porque en la vida real a veces no nos resulta tan fácil.
A veces nos sucede como lo que en una cola -cuando esperamos para las compras por ejemplo-, manifestación o incluso una procesión: nos vamos acomodando al paso, al clima, al ritmo de los que están a nuestro alrededor o inmediatamente adelante nuestro. Y esto muchas veces diluye nuestro entusiasmo y nos aleja del que va al frente.
En nuestro caso, el que va al frente es JESÚS. Y el ser muchos los que lo seguimos puede incidir de dos modos: o que nos vayamos contagiando nuestros propios ritmos y a veces nuestros desánimos -algunas veces con mucha ilusión porque el compañero me parece lúcido, atractivo-, o que juntos tratemos de ayudarnos y animarnos unos a otros a seguir y mirar a JESÚS.
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El dibujo, que me pareció buenísimo, lo saqué de: http://blogs.21rs.es/kamiano/files/2009/06/fundadores-damian.jpg

viernes, 25 de junio de 2010

Para pensar

Era un encuentro de orientación vocacional.
Después que la religiosa dió su testimonio, se abrió el diálogo con los muchachos.
Una chica le dijo:
-Tu testimonio fue muy lindo, pero ¿dónde apareció Dios en él? Yo no te lo escuché en ningún lado...

miércoles, 5 de mayo de 2010

La Fuente de nuestra unión


Anoche, estábamos juntas en el office tres hermanas, cada una en lo suyo, preparándonos para ir a descansar. Una buscaba agua, la otra planchaba y otra no recuerdo qué hacía.
Y, en un instante, se me cruzó como un flash una reflexión honda:
¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es que personas tan distintas –por modos de ser, edad, hasta incompatibilidades mutuas y demás- estemos, juntas, embarcadas en el mismo camino. Nos sintamos realmente hermanas, con una relación, aunque no siempre fácil desde ya, de verdad entrañable ? Y no sólo por un tiempo, sino desde hace ya muchos años.
Vi clarito Quién es la Fuente de nuestra unión.
Pensé que así se da la comunión en esta tierra. Con dificultades, y también con dolores, y por supuesto alegría y vida. Pero por encima de todo, en la certeza de que no es algo que podamos construir nosotras, sino que es don.
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El Evangelio de hoy, era sobre la vid y los sarmientos.
“Yo soy la vid y ustedes son los sarmientos. Permanezcan unidos a mí”
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Entonces pensaba que, los religiosos –en sus comunidades y familias religiosas- somos un buen signo para el mundo de la comunión de Cristo con su Iglesia y de la comunión que se da también –nos la da Jesús- entre todos los hombres.